El inventor del condado
William Cuthbert Faulkner nace el 25 de septiembre de 1897 en New Albany, Mississippi, pero la geografía decisiva de su obra es Oxford, donde crece y donde va a inventar —contra todos los criterios del realismo decimonónico— Yoknapatawpha, un condado ficticio cuya cartografía el propio autor dibujaría a mano y que se convertiría en el microcosmos más denso de la literatura norteamericana. De la caída aristocrática de los Compson en The Sound and the Fury (1929) al travelogue funerario de los Bundren en As I Lay Dying (1930), la saga de Yoknapatawpha reescribe la historia del Sur como una mitología privada.
Modernista radical: stream of consciousness faulkneriano, oraciones que desbordan la página, tiempo no lineal, narradores múltiples que se corrigen y se contradicen. Con Absalom, Absalom! (1936) alcanza la cumbre formal de su obra: la historia de Thomas Sutpen contada cuatro veces por cuatro voces distintas, cada una descubriendo —o inventando— un fragmento del trauma fundacional.
Nobel de Literatura en 1949. Dos Pulitzers (1955 y 1963, póstumo). Pero su influencia es mayor que sus premios: sin Faulkner no hay García Márquez, no hay McCarthy, no hay Toni Morrison. El Sur gótico, el realismo mágico y la novela experimental latinoamericana lo tienen como padre común. En Meridian es el eslabón secreto entre Wolfe y McCarthy: la línea continua del Sur como condado mítico.
Muere en Byhalia, Mississippi, el 6 de julio de 1962. Deja diecinueve novelas, una docena de libros de relatos y la certeza de que la novela moderna americana tuvo dos padres: Hemingway enseñó a escribir, Faulkner enseñó a imaginar.